La Emperatriz
Hubo un tiempo en que olvidé mi voz.
Creí que amar era entregar hasta vaciarme,
que la dulzura era debilidad
y que la fortaleza consistía en no sentir.
Me alejé de mi centro, de mir ser,
desconecté de mi autenticidad
y me volví práctica, correcta...
Pero bajo todo eso, entre las grietas del personaje
que ya no se podía sostener seguía latiendo algo.
Un pulso suave, constante y antiguo
como si un eco resonara dentro de mí.
Y un día la escuché.
La Emperatriz despertó.
No con ruido, sino con presencia.
No con fuerza, sino con raíz.
La Emperatriz no persigue: atrae
No ordena: inspira.
No compite: crea.
Sabe que su poder no se grita, se sostiene.
Que la ternura también es trono,
y que su cuerpo es un templo.
Se mueve despacio, pero deja huella.
Ama sin perderse.
Recibe sin culpa.
Brilla sin pedir permiso.
Hoy sé que no necesito elegir entre la fuerza y la suavidad,
porque ambas viven dentro de mí en equilibrio.
Soy la tierra que nutre,
el agua que calma,
el fuego que transforma
y el aire que susurra libertad.
Ya no busco brillar.
Soy luz.

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