METAMORFOSIS
Después de la muerte del yo llegó un silencio extraño. Un silencio fértil que se sentía como un desierto. Un entretiempo que no esperaba, un refugio donde nada era claro.
En ese momento no lo supe: había entrado en mi propia crisálida.
Ese espacio sagrado donde la oruga se entrega a la oscuridad con la certeza de volver a ver la luz sin saber aún que en su interior ya late una mariposa.
En la crisálida no ocurre nada hacia afuera. Desde fuera todo parece quietud, espera, pausa. Pero, por dentro... Por dentro se gesta algo nuevo, se suelta la piel que antes parecía imprescindible.
Un lugar donde se muere sin morir, donde el cuerpo aún recuerda lo que fue, pero, aún no alcanza a ver lo que será.
Y, aunque asusta no reconocerse, no tener forma, el alma entiende que toda transformación requiere un tiempo de sombra. Un tiempo para morir y renacer.
La metamorfosis no ocurre en calma, ocurre entre el caos. Primero desordena, luego disuelve y finalmente revela.
Y un día, cuando la propia vida lo decide, el capullo se abre. Y no porque sientas que estás lista, sino porque ya no puedes seguir siendo menos de lo que viniste a SER.
Salí con la delicadeza con la que emerge una mariposa: temblorosa, luminosa, verdadera.
La metamorfosis había llegado a su fin.

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