Canon trastornado

Siglo XXI. Y en lugar de avanzar, parece que en muchas ocasiones seguimos retrocediendo.

En los años 50, la mujer más deseada del mundo lucía caderas generosas, celulitis, estrías... y aún así era el sueño de millones. Sí, hablo de Marilyn: símbolo eterno de que la belleza siempre estuvo en la imperfección.

Si viajamos aún más atrás, a la Antigua Grecia, encontramos a las musas, esbeltas y envueltas en sedas blancas mostrando sin pudor sus curvas exuberantes. Eran el canon de entonces: pieles tersas, blancas e imperfectas, cuerpos reales.

Hasta el mismo Goya quedó enloquecido de una, tal que tuvo que retratarla.
Don Quijote perdió la cordura por su amada Dulcinea de carnes prietas y senos poco ajustados.
Digo Rivera amó a Frida Kahlo con su unicejo indomable, su singularidad  y su magnetismo irrepetible.
Rubens y su fanatismo extremo por todas estas musas que eran cánones de belleza y hoy no las consideran ni mujeres.

Durante siglos,  esos cuerpos fueron arte, inspiración, deseo, historia.

Y sin embargo, hoy, en pleno siglo XXI, esos cuerpos que fueron belleza, inspiración y lucha, ya ni siquiera se consideran “mujeres” según los nuevos cánones imposibles que nos rodean.

Así fue como este siglo decidió reducir en simples borradores a todas aquellas mujeres que fueron auténticos monumentos. Mujeres que aprendieron a amarse con sus imperfecciones, mientras nosotros, en plena modernidad, olvidamos cómo hacerlo.

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